Paris, 9 de junio de 1998
La bendición Papá:
Quiero contarle que hace pocos días llegue de Hong Kong. Hoy estoy en la ciudad en la que en algún momento de mi infancia le dije que querría vivir como Embajador, aun no soy el Embajador pero si, el Tercer Secretario en la Embajada. No hay apuro, ésta es una carrera en la que con meritos y experiencia podré finalizar sirviéndole a mi país desde el más alto escalafón.
Cuando usted se enteró que mi próximo destino era Paris, le dijo a Mamá: “Bueno Gloria, prepárese, porque nos vamos a Paris. Ya Mayo nos llevo a Hong Kong, ahora con él, conoceremos Paris”.
Sé que Mamá se fue a ayudar a Cone con el nacimiento de su primer chamo. Me imagino lo orgulloso que debe estar Ud. en este momento, su tercer nieto, Orlando, como Ud. Debe estar hinchado del orgullo, pero triste también por la ausencia de mamá. Pero no se preocupe Papá. Cuando ella vuelva, ya ustedes podrán organizar su venida.
¿Recuerda que con usted aprendí a viajar? Ud. me llevo a Mesopotamia. De su mano conocí Egipto y sus faraones. Viví en primera fila las conquistas de Alejandro Magno. También estuve en la Paris tomada y humillada por los alemanes, y ahora que físicamente estoy acá, no puedo mas que darle las gracias. Ya yo había caminado estas calles.
De hecho, hoy caminé mucho. Camine los Campos Eliseos de arriba a abajo y de abajo a arriba varias veces, es que hoy 9 de junio, Paris es literalmente la fiesta de la que hablaba Hemingway, sus bulevares se desbordaron hoy con el desfile inaugural del mundial de fútbol.
Lo gracioso es que siendo París tan francesa, tan poco cosmopolita, tan apegada a su savoire-faire como ellos dicen, hoy el color y la alegría los aportamos los extranjeros. La fiebre del fútbol pareciera no haber contagiado a los franceses. Ellos van taciturnos, ensimismados y extrañados tal vez, de la locura desatada en sus calles, particularmente por los brasileños, que con sus comparsas, dan la impresión de haber mudado el carnaval de Rio a París. Cuanta razón tenía Ernest, París es una fiesta!
Pero no me quiero detener solo en el día de hoy. Quisiera Papá, contarle tantas cosas que he podido vivir en tan pocos días y que quiero vivir cuando mi mamá y usted vengan a visitarme. Hacer lo que Ud. y yo disfrutamos tanto y que mi mamá desaprueba; encontrar parecidos en los extraños de la calle con nuestros amigos y familia de San Cristóbal, y reírnos como chamitos. Los franceses nos hicieron ya gran parte del trabajo. En sus cafés, las sillas están dispuestas no para conversar cara a cara, sino para mirar a la gente que pasa y si bien la hipocresía francesa no se los permite, usted y yo podemos divertirnos y criticarlos.
Logré alquilar un apartamento muy bien ubicado, aquí en el barrio 7 de Paris, la Lutecia de sus libros de historia. Estoy apenas a tres cuadras de los Campos de Marte y de la torre Eiffel, cuyo fulgor baña mi sala al caer la noche. Del otro lado a tres cuadras está Les Invalides que alberga el mausoleo de Napoleón. Allá iré con usted para revivir juntos sus fascinantes victorias y su fracaso en Waterloo.
Un sábado temprano podemos desayunar en la Calle Cler, aquí mismo detrás de mi casa, donde montan un mercadito fabuloso los fines de semana, y vienen artesanos que ofrecen una variedad impresionante de la gastronomía francesa, carnes, quesos, embutidos. ¡Hasta chocolates hechos con cacao venezolano he probado! Si, comida, mucha comida, pero también hay aquellos que ofrecen antigüedades, ropa usada y un sinfín de cosas que al final de la tarde desaparecen y la calle queda pulcra y vacía como si nada hubiese pasado.
Por supuesto que también quiero ir a Louvre, y sin ir a Egipto llegar hasta el corazón de las Pirámides y verlo a usted y a mamá extasiados frente a la Gioconda o la Venus de Milo. La entrada al museo se hace fastidiosa por lo largo de las colas, pero hay una puerta de acceso que muy pocas personas conocen, es la entrada de los Leones. Por allí la cola es mucho mas corta y se llega rapidito a la Gioconda, pero no se lo diga a nadie porque sino todo el mundo se entera y se nos acaba la ventaja.
En fin papá, son tantos los lugares y rincones de esta ciudad a los que quiero ir con Ud. que mejor le pido que se venga pronto y se quede tanto como quiera y poco a poco, ir descubriendo Paris y Francia.
Vengase que quiero darle un abrazo fuerte que me hace mucha falta tenerlo cerca.
Lo quiero.
Mayo!
PD. Papá, Andreina acaba de llamarme para darme la noticia, para decirme que ya no vienes, que nos dejaste. Y si Papá, nos dejaste, me dejaste en una ciudad que no es mía, una ciudad en la que todavía no tengo amigos. Quisiera no estar aquí, y sin embargo la fiesta del futbol y la huelga aérea, me impiden comprar un boleto que me lleve a tiempo para decirte adiós, Esta ciudad que hasta hoy era una fiesta me detiene e impide verte. Mi último abrazo para usted, fue, ya no habrá otro. París no es una fiesta
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